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Relájate en estas bonitas y espaciosas casas de campo, completamente reformadas en 2019, transformando unas viejas y devastadas casas de agricultores en unas acogedoras casas familiares, de estilo industrial, integradas en el entorno. Situadas en el paraje Jamaro, a 3 kilómetros de Cehegín, sobre una parcela de 12.000 metros cuadrados de pinos y oliveras.

Las casas están adosadas y comunicadas por una puerta interior lo que permite su alquiler en conjunto o cada una por separado. Cada casa cuenta con 4 habitaciones dobles para 8 personas, con 2 camas de matrimonio y cuatro camas individuales cada una, así como 2 baños.

Disfruta de sus magnificas vistas, de la luz, de la naturaleza y, sobre todo, del silencio.

En Cortijo Jamaro estamos muy concienciados con el cambio climático por lo que intentamos reducir nuestro impacto en la naturaleza, ya sea vía reforestación, reciclado, reutilizando residuos o dando una segunda oportunidad a los objetos en desuso.

Jamaro es el apodo por el que se ha conocido a nuestra familia materna desde nuestro bisabuelo Antonio Avellaneda a nuestra madre María Avellaneda. A día de hoy, Jamaro da nombre a una zona geográfica conocida como Paraje Jamaro que comprende varios montes y, por ende, a estas casas denominadas Cortijo Jamaro.

Los nombres casi siempre tienen un origen casual y Jamaro no iba a ser una excepción. Allá por 1903, nuestro joven bisabuelo fue destinado a hacer el servicio militar en Tetuán (Marruecos) y tras 2 duros años para curtirse como militar, es licenciado y recibe permiso para regresar a su tierra, Cehegín. Antes de partir, decide adquirir a unos bereberes un precioso burro blanco, y al preguntar por el nombre del animal le indican que se llama Jamaro (حمار). Así pues, el recién licenciado Antonio Avellaneda y su lustroso burro Jamaro iniciaron el recorrido de vuelta de los 590 kilómetros que separan ambas ciudades; y tras 42 duros y fatigosos días de viaje, por fin, Jamaro pisaba tierras cehegineras. Tanto dijo nuestro bisabuelo “Arre Jamaro, arre” a su lozano burro blanco que finalmente la gente acabó llamándolo “Antonio, el Jamaro”.

Cuatro generaciones después, y gracias a una amiga bereber, descubrimos que Jamaro es Hamar (حمار) en árabe y que no es un nombre si no que significa “burro”. Así pues, aunque solo en árabe, nuestro bisabuelo llamaba “burro” a su burro, y acabó siendo conocido por “Antonio, el burro”.

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